lunes, 7 de enero de 2008

Aprendiendo a adjetivar


Hay ocasiones en que los adjetivos los carga el diablo. Es frecuente que describamos algo con una serie de aparentes cualidades que terminan llevando al observador avisado a pensar todo lo contrario de lo que decimos. Suele ocurrir cuando aplicamos adjetivos que, sin estar especialmente alejados del objeto adjetivado, sí parecen mostrar poca coherencia con lo que el observador espera en el contexto de la conversación.
Ocurría cuando yo era joven, más joven que ahora quiero decir, que algún amigo decía: "he conocido a una tía muy simpática y animada". Entendíamos perfectamente: era fea. O una chica decía a sus amigas: "me ha llamado un chico muy educado y amable". Las amigas interpretaban: es estrábico o bajito o gordo o halitósico o todo a la vez. Y no se equivocaban. O una madre a su hija: "fulanito es un chico muy formal", cuando fulanito era un melón aburrido.

A qué viene todo ésto. Nuestro presidente de gobierno ha dicho a las tropas españolas en Líbano que están allí "en una misión digna, ejemplar y que cumple con la legalidad". Esto dicho con el tono habitual del presidente, ahuecando la voz, esdrujulando las tildes, uniendo el pulgar y el índice de la mano derecha y moviéndolos de arriba a abajo en un gesto que nos llena de ternura recordando nuestra adolescencia ya tan lejana. Y dirigiéndose a un auditorio de tios, ¡y tías!, armados hasta los dientes, con trajes de camuflaje, que a la mañana siguiente salen a que les limpien el forro unos mujaidines poco tolerantes.
En fin, como decía arriba, parece un lenguaje poco coherente con el contexto, con el texto y hasta con el pretexto. Pero bueno, lo que importa es que acabó la arenga con una frase redonda: "De vosotros depende la paz mundial". Y dos huevos duros que diría Groucho.

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