
martes, 8 de abril de 2008
Cada oveja con su pareja

lunes, 14 de enero de 2008
lunes, 13 de agosto de 2007
... con un cirio o con una tranca
El Magazine de El Mundo del domingo publicaba un reportaje sobre unas profesoras de la Universidad Complutense que trabajan el tema de los refranes. Los refranes han sufrido un progresivo desprestigio, fruto tal vez de una conjunción de planetas desfavorable. Suelen ser muy contundentes y algo inequívocos a la hora de ser interpretados. Los días del pensamiento blando y del "según y como" no parecen propicios a este tipo de sentencias que hacen difícil la marcha atrás. Por otra parte, muchos de ellos son excesivamente explícitos a la hora de señalar, ya saben al pan, pan; al moro, moro, al negro, negro y así sucesivamente. Y, último pero no menor, suelen tener un matiz un tanto machista que tampoco es algo que hoy en día esté bien visto; la pata quebrada y similares. Supongo que hay más razones.Sin embargo los refranes tienen una gran utilidad. Son equivalentes a las fórmulas sociales que se usan en los funerales por ejemplo. La mayor parte de nosotros, incluso en las ocasiones en las que sinceramente nos condolemos con la familia, no sabemos que decir. Los "te acompaño en el sentimiento", "ha sido una gran pérdida", "mejor así, ha dejado de sufrir" y similares pueden parecer vulgares pero constituyen un lugar de encuentro aceptable entre personas con un gran desnivel emocional.
Los refranes tienen algo de eso. Pueden solucionar una situación incómoda, hacerte parecer enterado, permiten una réplica rápida con la ventaja de la brevedad e incluso la posibilidad de matizar después dado que el refrán no es creación propia y no seríamos totalmente responsables de su contenido. En fin que tienen su aquel. ¿Y a qué viene todo ésto?
En el reportaje del Magazine aparecen algunos refranes seleccionados por "famosos". No tienen nada de especial salvo algo que me ha llamado poderosamente la atención: los refranes seleccionados por tres personas pertencientes al espectro ideológico de la sedicente izquierda progresista. Ninguno de los tres refranes elegidos es un refrán. De hecho, lo más chocante es que el primero y el segundo tienen autoría religiosa y el tercero es un mix de un refrán y de sentencia religiosa. No me atrevo a extraer conclusiones. Unicamente subrayo esta aparente anomalía. Los más anticlericales utilizando el lenguaje más clerical. La "nou intelligentsia" que rodea a nuestro presidente y lider no deja de sorprenderme cada día.
El conocido Gran Wyoming, actor, humorista y ‘showman’ televisivo, escoge: "La verdad os hará libres" que si no tiene tufo evangélico que venga Dios y lo vea.
Inés Sabanés, diputada de IU en la Asamblea de Madrid propone el ignaciano "En tiempo de tribulaciones no hacer mudanza". Sabia recomendación de la cosecha jesuítica.
Y por último, el más sorprendente salvo que alguien me demuestre mi error, un híbrido entre refrán y mística, entre Sancho y Loyola, escogido por la imaginativa Carmen Montón, diputada del PSOE: No es lo mismo predicar que hacer mudanza. La escuela de pensamiento fluyente y neolingua adhocrática del secretario general de su partido hace estragos entre sus prometedores cuadros.
Siendo las tres elecciones súmamente acertadas, me quito el sombrero ante la de la Sra. Montón. Eso no es un refrán, no es una sentencia, no es un axioma. Es una plantilla. Véase:
No es lo mismo predicar:
- que hacer mudanza, (versión Montón)
- que dar gusto a todos, (versión Delphy)
- que trabajar por la inmigración, (versión Caldera)
- que hacer lo que hacemos los de izquierdas, (versión todos menos los que ya sabeis)
- que dar trigo, (versión olvidada)
- que te soplen la cartera, (versión cheli)
- que recoger chapapote, (versión Nunca Mais)
- que mandar tropas a Irak, (versión Pepiño)
- que producir cine de calidad, (versión premios Goya)
y así indefinidamente. ¿Es o no es estilo genuino de la factoría Moncloa?
jueves, 2 de agosto de 2007
Quien habla solo espera y el que espera desespera

lunes, 30 de julio de 2007
Soy un fetichista de los nombres

Hace algún tiempo me envió un correo un lector que tengo en Catalunya y que espero seguir teniendo a pesar de algunos encontronazos. Con este y el de Sevilla ya tengo 2 constatados fuera de mi patria txika. El amable comunicante de BCN firma como Arnau. Supongo que es un pseudónimo pero me da igual "si non e vero"... Es un hermoso nombre. No en su versión local, Arnaldo, que se las trae con su polisemia pero en catalán suena a antiguo, a cantar de gesta. Y cuando he empezado a pensar en el asunto me he dado cuenta de que soy un fetichista de los nombres de las personas y de las cosas. Como dice el Génesis en el capítulo 2: "El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo". Con estos antecedentes me siento legitimado para elaborar una teoria sobre la importancia que los nombres tienen para mí. Me gustan los nombres antiguos, recios, que se trasmiten a los largo de los años, de padres a hijos y de madres a hijas. Ya sé que no está de moda pero me gusta. El nombre es algo a lo que hay que darle muchas vueltas antes de decidirlo. Uno no puede hacer lofácil que es tener un hijo y luego fallar en lo difícil que es marcarle a fuego con el nombre mediante el cual se sentirá aludido, concernido, señalado toda su vida. El nombre no puede estar sujeto a los vaivenes de la moda. Cuando se consulta el listado de los niños/as recien nacidos/as no se puede evitar un escalofrío. Alcancé a vivir la terrible pandemia de vanessas, jennifers, yasminas, davinias, igores, ivanes y horrores así. Estamos ahora en la onda étnica. No se libran de ser aitores, urtzis, aritzs, saioas, aitzibers, garazis, naiaras. Hablo desde la Vasconia irreductible e irredenta como podeis deducir pero me temo que en las otras nacionalidades y regiones y espíritus nacionales, será igual. La onda expansiva del romanticismo alemán hace mucho daño en las mentes sencillas. Y un nombre puede ser como una vela o como un lastre. Uno se pasa la vida haciéndose digno de llamarse, por ejemplo Augusto o Ceferino o Paz o Felisa. Y lo acaba consiguiendo. El nombre se llena de viento y le traslada a toda velocidad hacia la madurez y la dignidad. Otro, por inconsciencia y capricho paterno, si no maldad, es registrado como Garikoitz, Israel, Jonatan o, peor, Kevin. Se pasa la vida tirando de su onomástica como un fardo a través de los días, sabiendo que su nombre nunca estará a la altura de sus logros, haga lo que haga. El nombre es un castigo, Zigor, que arrastrará detrás de él hasta el final.
Y que diré de los nombres de mujer. Me gustan los antiguos y los que están llenos de vocales abiertas: AAAEEEIII. Son una promesa. Una mujer cuyo nombre tenga muchas Aes está "condenada" a ser condenadamente femenina. Posee con toda seguridad ese intangible que hace que cualquir hombre quiera pasar la vida a su lado. Con los nombres de varón ocurre de otro modo. Mis mejores amigos son trisílabos y trivocálicos. Yo mismo lo soy. Debe estar relacionado con el pasado cazador y guerrero que exigía nombres complejos para poder ser identificados con claridad de los del enemigo. Ya sé que es una teoria inverosimil pero que más me da si me gusta.miércoles, 25 de julio de 2007
Sun Tzu apócrifo
Aforismo XIV
Los grandes problemas exigen soluciones pequeñas.
Los pequeños problemas exigen soluciones grandes.
Si no existe problema, el general lo crea.
Y así, creando un gran problema, puede aplicar solución pequeña
y creando un pequeño problema puede aplicar solución grande.
De este modo el general
siempre está solucionando problemas grandes o pequeños,
con soluciones pequeñas o grandes y el pueblo le ama
(Traducción de R. van Gulik)